El caso McGraham – Cap. 17/17

Cardigan se mantenía de pie, absorto, intentado encontrar en su mente qué había hecho mal.

“Mi marido y usted compartían fulana ¿Cómo la llamaba usted? ¡Ah, sí! Lucy. Su querida Lucy”. Estaba claro, lady McGraham lo había descubierto. “¿Cómo pudo ser tan necio? Creer que algún día esa puta pudiese ser sólo suya”. Cardigan se enfureció, quiso hacer algo, pero estaba en clara desventaja, así que no pudo más que reprimir su desquiciamiento.

“Siempre ha actuado con desgana, ahora ha intentado echar balones fuera, jugando al despiste conmigo. ¿Emanuel Lopez? Lo conozco, es un buen tipo. Sabe hacer bien su trabajo. Se encargó de Melinda… y de Lucy”. A Cardigan le hervía la sangre ¿lo había descubierto por eso?

“Estoy convencida que Emanuel Lopez hubiera podido matar a mi marido si alguien se lo hubiese pedido. Él sólo se mueve por dinero. Si se pregunta cómo le he descubierto le diré, que hice el trabajo que debió haber hecho usted: preguntar. Pero claro, así se inculparía a usted mismo. Mejor quedarse en un callejón sin salida”. Lady McGraham sujetaba firmemente el revolver.

“El día que asesinó a mi marido Caroline Higgins era la recepcionista del Hotel Connery. Pero no el día anterior, ni el siguiente a su asesinato. El día de autos la habitación 702, donde asesinó a mi marido, estaba reservada a su nombre, míster Lopez; la habitación 701, contigua a la 702 estaba vacía. En cambio la habitación 703, también contigua a la 702 estaba reservada durante tres días: desde el día anterior al asesinato de Mike hasta el día siguiente. El nombre de la reserva era de Frank Lopez”.

En efecto, lady McGraham había hecho todo su trabajo. “Caroline Higgins no pudo verle en ningún momento. Pero sí Brenda Jackson, la recepcionista del día anterior. Recordaba perfectamente su jersey verde de rombos”.

Cardigan pasó de la ira de un primer momento a la más profunda decepción de sí mismo. Todos sus movimientos habían sido descubiertos. “Usted hizo las fotos del Shan Sarah. Usted las entregó en mano en las oficinas de mi marido. No sé cómo ha llegado hasta Emanuel Lopez. No me importa. Es hora de rendir cuentas”.

Lady McGraham le quitó el seguro al revólver.

¡No será capaz! – intentó de disuadirla el detective.

Ojo por ojo, míster Cardigan.

De aquella pistola salieron dos disparos que fueron a caer en el pecho del detective, que se desplomó al suelo donde más tarde moriría desangrado. Lady McGraham cogió un pañuelo, limpió la pistola y la dejó sobre la mesa; se volvió sobre sus talones y dejó la puerta abierta del despacho a su salida.

De haber estado vivo, Cardigan estaría orgulloso: su último caso había sido resuelto.

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