El caso McGraham – Cap. 15/17

De nuevo, el martilleante sonido del despertador hizo que se levantara. Se afeitó y fue directo a la comisaría. Allí se presentó ante el guardia que hacía de recepcionista. “El comisario Logan no se encuentra” le dijo. Cardigan enfureció ¿cómo que no estaba? Acababa de ver el Camaro de color mostaza en la puerta de la comisaría. Giró hacia el largo pasillo con intención de ir directo al despacho del comisario. El guardia se puso en medio “Ya le he dicho que no está”. Cardigan lo apartó y continúo andando decidido.

Al final del pasillo, cogió el picaporte de la puerta y la abrió. El comisario Logan revisaba unos papeles mientras fumaba uno de sus puros. “¿Qué ocurre aquí?” preguntó Logan indignado. “Lo siento, no pude retenerle” se disculpó el guardia que acababa de llegar. Cardigan enfadado echó en cara al comisario que tuviera tan bien adiestrada a su gente. “Márchese de aquí, déjeme en paz, ya le di todo lo que quería” le espetó Logan. Cardigan dijo que venía a por nueva información, y le advirtió al comisario que si no era amable y no le daba la información que necesitaba tendría que llamar a lady McGraham para que se lo pidiera ella en persona.

Logan carraspeó “Está bien, adelante. ¿Qué quiere saber?”. Cardigan le habló de Calcedonian y su posible vinculación con el asesinato de Michael McGraham. “¿Está loco? Calcedonian era el brazo derecho de McGraham. Trabaja en la sombra. Se mueve por los bajos mundos. Lo tenemos fichado y bien fichado. Lo detuvimos una vez. McGraham se ocupó de ponerlo en libertad y hacer que no lo volviéramos a detener. Lo hemos tenido en bandeja muchas veces. Pero usted ya es consciente del poder de cuanto rodea a los McGraham”.

Una pista menos. Cardigan le preguntó por Mendez y Garrido. “Somos completamente conscientes de su trabajo. Son gente despierta. Nunca los hemos pillado con las manos en la masa. Son traficantes de textiles. No se lo creerá, pero se pagan a precio de plata. No sé qué tienen esos trapos ¡ni me interesa! Sólo quiero pillarlos, pero son escurridizos”.

Por fin llegó el momento que esperaba y le preguntó por míster Lopez. “Tenemos decenas de Lopez fichados”. Cardigan le especificó que tenía que ser algún Lopez relacionado con Mendez y Garrido. “Lo tendría que revisar en los informes. Ese tipo de personas se relaciona con mucha gente. Si me da tiempo revisaré los archivos y cuando tenga algo, sea lo que sea, le llamaré”.

Cardigan le agradeció su repentina amabilidad. Se despidió con buenas maneras y cerró la puerta del despacho tras de sí.

Decidió dar un paseo para hacer hora antes de comer. Llegó hasta el gran parque de al lado de su oficina y se dirigió hacia la estatua de Shakespeare. Allí se plantó y lo miró de frente, como esperando inspiración. Aquél escritor había creado historias que se habían convertido en clásicos. Libros que se enseñaban en la escuela y que se seguirían enseñando durante mucho tiempo. ¿Qué hacía allí el detective? Tal vez esperaba a que le dictara cuál era el argumento que debía escribir y que enlazaba todas las pruebas de su caso.

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