El caso McGraham – Cap. 06/17

El bar de Joe’s se convertía la mayoría de los días en su sitio para comer. Después de haber roído concienzudamente las alitas de pollo y haber dejado la ensalada casi entera, dejó los dos dólares con veinte centavos en la barra y se dispuso a salir de aquel antro grasiento. “¡Eh, detective!”, gritó Joe desde el otro lado de la barra. Cardigan se volvió. “¡Esta noche vendrá Lucy!” volvió a gritarle mientras le guiñaba el ojo. Cardigan, con la mano dispuesta a empujar la puerta de salida, asintió y salió del local.

Atravesó el parque, donde un grupo de niños jugaban al béisbol y llegó a su oficina. Encendió la luz, tiró la colilla acabada en su cenicero, abrió el armario y sacó una copa y una botella de coñac. La carpeta con el Caso McGraham lo esperaba encima de su escritorio; a su lado colocó la copa de coñac, llena casi hasta el borde y tiró del cordel que la ataba, liberando aquel barullo de hojas, que como esperaba, el comisario Logan se había encargado de descolocar.

Ahora tenía que intentar relacionar alguna información sacada de la agenda con algo de aquel caos de folios escritos a máquina. Cada vez estaba más convencido de la ineptitud de aquel comisario. ¿Cómo es que él tenía la agenda de míster McGraham y no aquel gordo apestoso? Aunque pensándolo mejor, tal vez fue lady McGraham quien se encargó de ocultar aquella agenda. ¿Pero qué sentido tenía aquello? Aquel dietario no daba ninguna información interesante, al menos, por el momento. Estaba claro que necesitaba recopilar mucha más información.

Pasó toda la tarde ordenando la documentación policial sobre el suicidio de Michael McGraham. Mientras leía de manera somera cada hoja para saber dónde debía ubicarla y daba sorbos a aquella copa de coñac, no paraba de pasársele por la cabeza multitud de complots, engaños y mentiras que los distintos personajes que iban apareciendo en aquellos documentos podrían haber maquinado contra el poderoso empresario; hacía y deshacía traiciones según iba leyendo intentando crear un historia convincente. Al menos, de ese modo, consiguió hacérsele más ameno aquel crudo trabajo.

Se le había hecho tarde. Eran las 8:00 PM y en la oscuridad que reinaba en la ciudad solo había cabida para la mala gente. Cruzó de nuevo el parque, dueño ahora de un puñado de furcias que se vendían cada cual de la manera más miserable. Tenía prisa por llegar a Joe’s, aquella noche estaría Lucy.

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