El desfile de los gnomos gigantes
Sábado 22 Marzo, 2008 — YúpiterPues eso, que ayer hice lo que no hacía en años. Me fui a ver un desfile de gnomos gigantes vestidos de morado. Y es que lo disfruté. Ver a esos costaleros y costaleras con caras desencajadas de sufrimiento me pareció divertido. ¡¡Arriba esa fe!!
Creo que el resto del mundo somos demasiado cabroncetes ¿nadie se ha atrevido aún a decirles que ya han inventado la rueda? Serán los caminos del Señor…
En mi pueblo la fe es muy singular. Antes había solo un desfile de gnomos gigantes que se podría considerar largo y el resto de desfiles de gnomos gigantes eran medianitos tirando a pequeños. Ahora no. Ahora hay dos desfiles de gnomos gigantes que son laaargos y el resto se han quedado en nada. ¿Por qué? Porque la gente tiene fe únicamente en el desfile de gnomos gigantes más grande, más vistoso, más portentoso, más aburrido… para luego decir ¿qué? ¿te gustó el desfile?
La fe y los piques entre hermandades están servidos, consiguiendo aglutinar todos los desfiles en dos, y al resto… ¡que les den! ¿qué importa el significado del desfile? ¡yo quiero estar en el mejor! ¿Fe? ¿Y eso qué es lo que es?
Aparte de tanto derroche de inteligencia (fe y tradición lo vienen llamando) está el ciudadano de a pie. Ese que no va en su vida un domingo a misa, pero está ahí todos los viernes de cuaresma besándole el pie a Jesús y en semana santa cumpliendo con la promesa que se hizo: si consigo trabajo/ casa/ que mi hijo apruebe/ que mi suegra se muera/ que me cure del resfriado… prometo salir el viernes santo en el desfile de gnomos gigantes; pero los hay peores: si consigo (… lo que sea) prometo salir de costalero/a. ¡Toma ya!
Y digo yo, si realmente haces una promesa ¿por qué no prometer algo con chicha, que de verdad valga la pena? Ir a un comedor para indigentes algún día a la semana durante tres meses, ayudar en el centro de niños desfavorecidos, poner mi granito de arena en alguna oenegé… hay tantas cosas valiosas que podemos prometer cuando no se sabe qué prometer…
Los desfiles, al menos en mi pueblo, supongo que en el resto será igual, terminan con dos o tres hombres vestidos con casullas pomposas a modo de falleras pero sin esas espirales de pelo postizo en las orejas. A ésos nunca los verás debajo de un paso sufriendo su peso ni dándole siquiera a la campanita, por mucho que digan creer mucho en Dios y luego en su fuero interno crean tanto como yo.
Para cerrar el desfile se encuentra siempre, siempre, siempre, el señor alcalde. Da igual que esté lloviendo o haga un sol de 80 grados en la acera, el alcalde termina los desfiles y está presente en todo acto religioso que se precie en esta semana (y el resto del año también). Y es que el alcalde de mi pueblo es un sociata como Dios manda.