La casa de los muertos vivientes

Desafortunado título para esta reflexión.

La primera vez que entré a la residencia de ancianos donde viven mis abuelos, un día después de que ellos ingresaran, me causó una gran sensación ver aquél salón repleto de abuelos con sus respectivas visitas. Pero fue más fuerte cuando llegó la hora de comer.

Hasta entonces todos estaban quietos y en su sitio pero cuando aparecieron las auxiliares para llevarlos a sus comedores me inquietó aquél desfile de vejetes con bastones, andadores, sillas de ruedas… Todos encaminados hacia el mismo pasillo.

Estas imágenes me recuerdan a cuando acababa el recreo en el colegio y los niños de preescolar se ponían en formación con sus cubos y sus palas, sus muñecas y sus camiones. Salvo que estas escenas son mucho más… desoladoras.

No desoladoras por el estado de las instalaciones, porque se podría decir que viven en una residencia de lujo donde sin lugar a dudas están muy bien atendidos, si no por aquel repaso de caras arrugadas y cuerpos magullados que pasaban a mi lado.

¿Es a esto a lo que se llama calidad de vida?

Parece ser que sí. Vegetales vivientes cuyo único objetivo en la vida es pasar un día más sentados en los sofás del salón, mientras por la mañana les hacen gimnasia, algunas tardes juegan al bingo y si les apetece van a misa o incluso al cine de los sábados. Pero se pierden porque no saben ni en qué día de la semana se encuentran e incluso a veces no saben si es por la mañana o por la tarde.

Allí los cuidan, les dan sus medicinas durante el desayuno, comida, merienda y cena; están pendientes de las dosis de insulina, de si están enfermos ponerles a dieta, llevarles la comida a la habitación, cambiarlos de pañal, ducharlos, asearlos, vestirlos, perfumarlos, sentarlos… porque ellos ya no son capaces de hacerlo por sí mismos.

Es a esto a lo que se llama calidad de vida.

¿Pero realmente existe esa calidad? ¿Son felices? Yo no lo creo. Sólo les queda esperar hasta que las pastillas no puedan hacer nada por ellos. Esas pastillas que son su única fuente de vida, son las piezas que los mantiene con los ojos abiertos, pero ¿para qué si ya no esperan nada? ¿por qué debemos y queremos seguir manteniéndolos en esa vida artificial?

Seguro que sonarán egoístas estas afirmaciones. Pero ellos también sufren y mucho. Sufren por no poder andar, por no poder masticar, por no poder ver… sufren por el simple hecho de no poder ser dueños de sí mismos.

Pero es a eso a lo que se llama calidad de vida.

Eduardo Punset en su libro El viaje a la felicidad comenta en el prólogo:

Hace poco más de un siglo, la esperanza de vida en Europa era de treinta años, como la de Sierra Leona en la actualidad: lo justo para aprender a sobrevivir, con suerte, y culminar el propósito evolutivo de reproducirse. No había futuro ni, por lo tanto, la posibilidad de plantearse un objetivo tan insospechado como el de ser felices. [...]

La revolución científica ha desatado el cambio más importante de toda la historia de la evolución: la prolongación de la esperanza de vida en los países desarrollados, que ha generado más de cuarenta años redundantes -en términos evolutivos-. Los últimos experimentos realizados en los laboratorios apuntan a una esperanza de vida de hasta cuatrocientos años. Por primera vez la humanidad tiene futuro y se plantea, lógicamente, cómo ser feliz aquí y ahora.

Este libro está escrito en el 2005 y se basa por supuesto, en datos estadísticos. Y para que se llegue a esa media de 40 años redundantes lógicamente debe haber una gran cantidad de casos que superen esos 40 años.

Según mis cavilaciones, diría que en una gran cantidad de casos, esos 40 años que apunta Punset son en realidad 60 años de redundancia, de los cuales continuaría diciendo que los 20 últimos años son el declive personal y agonizante soportados por los medicamentos. 20 años es muchísimo tiempo.

La humanidad avanza, la ciencia avanza, pero no siempre son beneficiosos estos avances. Apunta también Punset que se estima una esperanza de vida de 400 años. Desde luego que si es así, yo no la quiero.

Sigo acudiendo a la residencia siempre que puedo. Sigo mirando alrededor a todos los mayores (debería decir muy-mayores) y no puedo evitar ese sentimiento entre tristeza y compasión al observarlos cabizbajos, pensando que no hace tanto tiempo eran personas fuertes que vivían por y para el campo y que sin embargo, ahora están tan indefensos y vulnerables que podría hacer de ellos cuanto se me antojase.

Mis abuelos son una excusa muy fuerte para que vuelva a mi pueblo a menudo. Me alegra muchísimo ver que sacan una sonrisa cuando me ven aparecer y por el simple hecho de estar sólo un ratito con ellos les alegro su monótona vida.